El texto tenéis enfrente se ha extraído del (por el momento) Capítulo 6 de la novela que lleva por nombre "Les Vides" y que está en proceso de escritura.
Les Vides, son un relato ófrico que abarca desde el siglo XIII hasta el
XXI. El texto gira alrededor de distintos protagonistas; algunos, personajes históricos, otros han hecho su historia al escribirlos. Agunos sufren enfermedades aparentemente psiquiatricas otros sufren enfermedades reales; mágia, reencarnaciones, supersticiones y religión unidas alrededor de una montaña.
El fragmento es tan absolutamente verídico como puedan ser las
novelas históricas y las dolencias físicas, y tan imaginario como lo es la de ciencia ficción. El capítulo original está escrito en valenciano y
en forma de diario por lo que he cambiado algunas
expresiones que no tenían traducción.
Si alguno de vosotros ha sido oftalmólogo mío, quizás alguna cosa de lo que vais a leer os suene.
* * *
— El salón de los “oftalmos” — me dijo en voz baja el celador
mientras introducía en el quirófano la cama en la que me hallaba
acostado.
—¡Janek Barberà, quirófano dos!
Su voz sonó engolada. No puedo dejar de imaginármelo como un camarlengo anunciando una visita a la sala del trono.
Nadie respondió.
El quirófano dos es verde. Muy verde. Inmensamente verde.
En el centro de la sala esperaba una litera negra, rígida como un
tablón de madera, que no invitaba a yacer encima. Nada en ella parecía
agradable, ni tan siquiera lo era su amplio pie central, al cual se le
adivinaba la facultad de subir y bajar y que podría haberla hecho
parecer divertida. Le he buscado la gracia a la mesa de
operaciones. No la tiene. Pero para horror de ojos a los cuales está
destinada, se asomaban sobre ella unos espantosos aparatos de los que
sobresalían dos brazos articulados como las patas de una araña con dos
poderosos focos en la base. Estaban apagados. De no estar desnudo bajo
las mantas, y por pudor, ese es el momento en el que quien os escribe hubiese saltado de
la cama y hubiera salido corriendo por dónde había entrado. Me tapé con las
sábanas por encima de la nariz y miré a mi alrededor. En una de las
esquinas, sentada sobre un taburete, había una doctora. Vestía una bata
verde y se cubía con una mascarilla que le tapaba la cara. Estaba
introduciendo datos en un ordenador. No levantó la vista del teclado. Un
poco más allá una ayudante de quirófano, vestida de verde también,
manipulaba un instrumental metálico cerca de un carro de curas. Estaba
de espaldas a mí aunque desde mi posición pude ver como depositaba sobre
una tela (también muy verde) diversos utensilios. A mis ojos, abiertos
por el pánico, relucían terroríficamente brillantes. Creo que tragué
saliva aunque tras tantas horas en ayuno dudo que tragase algo. Miré
hacia el otro lado.
Al fondo, detrás de una gran torre que sostenía un monitor, había
alguien más. Me incorporé sobre la cama y estiré el cuello para ver
mejor. En efecto, se trataba de otro médico. Como todos en el bloque
quirúrgico llevaba un pañuelo de colores en la cabeza. El suyo era rojo
con estampados medievales; iconos y cruces diversas. Contrastaba en
aquella sala verde.. Del mismo modo que sus compañeros de quirófano, el
médico estaba tapado de los pies a la cabeza y como ellos, cubría su
rostro con una mascarilla.
El camarlengo de los quirófanos me tocó suavemente un hombro.
—Túmbate aquí — me dijo señalando la litera— con cuidado, no te hagas daño.
«¿Que no me haga daño?… es irónico— pensé— será que estoy aquí, frente
a esta mesa de torturas, para que me colmen a besos.»
Iba a decir lo que pensaba en voz alta pero lo que hice fue obedecer. Muy rápido.
Es curioso lo obediente que nos volvemos ante aquello que nos es
desconocido, cuando nos han desnudado. Nos convertimos en conejillos mansos
que tratan temblorosos de conservar su dignidad…
Cuando quitaron las sábanas bajo las que trataba
de ocultar mis vergüenzas, noté como la dignidad se diluía en aquél
frío, químicamente neutro, que me envolvió como el abrazo de una tumba
fría.
Acaba de entrar una enfermera en la habitación. Sin decirme nada
ha puesto un termómetro en mi oído y ha esperado a que éste pitase
mirando por la ventana. Luego, sin mirarme se ha ido dejando la puerta
abierta. ¡Maldita sea! Siempre dejan la puerta abierta Me molestan los ruidos del pasillo.
Yací lo mejor que supe sobre el rígido tablón central. Mirando al techo.
La ayudante de quirófano levantó mis piernas. Puso un cojín redondo
bajo mis rodillas y el celador me tapó con una manta de lana blanca… y
allí me quedé: Asustado y en silencio mirando los dos focos apagados.
Creo que no pensaba nada. Solo recuerdo el tintineo del instrumental
depositándose sobre el carro de curas, el desgarrar de precintos de
plástico… y el teclear en el ordenador. Nadie hablaba. Quizás mi ojo
enfermo, que en ese momento empezaba a supurar de nuevo, había
sorprendido a los doctores como me sorprendió a mí cuando empezó a hacerlo por la
mañana y ahora se
estaban haciendo señas por detrás de mí. Antes de acudir al hospital, extrañado al notar una sensación nueva, había ido a mirarme al espejo baño y por la
visión de aquél horror me mareé.
Ahora, acostado en aquél quirófano imaginé que los médicos se desmayaban, asqueados, y sonreí…
« ¡Collons qué largo se me hace!»
Como si la doctora hubiese escuchado mis pensamientos, el ruido del teclado cesó.
— Bien, Janek — me dijo al fin una conocida voz.
— ¿Doctora Elena? — exclamé— ¡Benditos sean mis oídos! Me alegra escuchar una voz familiar.
Puedo asegurar que mi tono sonó ridículo en el frío muerto de la
sala, pero los conejitos asustados tienen un ridículo hilillo de voz. Y
los conejillos temblorosos como yo no pueden estar callados así que proseguí:
— Vuestra puesta en escena es espantosa. Vais todos tan tapaditos. ¡Parece que no queréis que se os reconozca!
El miedo me paralizaba. Ese miedo que se oculta como una serpiente en
lo más profundo de cada uno de nosotros. Pienso que el miedo descansa tranquilo y
cuando es molestado, despierta e inyecta su veneno. Mi miedo me
había sin duda picado en el corazón. Lo podía sentir en mi pulso
desbocado, en el sudor frío de la frente…, en el hormigueo en las
mejillas.
— Vosotros jugáis a carniceros, con todos estos juguetes afilados y
punzantes y yo aquí, con los cataplines que el frío ha hecho
retráctiles… ¡Desnudito por fuera y por dentro me tenéis!
Ahora tenía calor. Ninguna respuesta a mis desvaríos. El miedo había sin duda también había picado mi lengua.
Más ruido de precintos y tintineos diversos.
La doctora Elena se asomó desde detrás de mi cabeza y retiró un poco
su mascarilla, lo justo para que pudiese reconocerla y me tranquilizase.
Me dedicó la sonrisa más cálida que jamás me han regalado. Un pequeño
crucifijo de oro se descolgó por el cuello de la bata verde y se quedo
columpiándose frente a de mí.
Vi a Jesús con los brazos extendidos.
«Jesús lo pasa bien en los quirófanos» me dije« mira como se columpia…. No podría hacerlo de no hallarse crucificado»
La doctora, pareció adivinar mi blasfemia — a veces pienso que me lee
la mente — y con un movimiento de su mano enguantada lo echó hacia
atrás. El pequeño Jesús en la cruz fue a parar sobre su espalda.
«Ahora somos dos los que miramos el techo»
—¿Qué tal Janek? — dijo la doctora, y para mi sorpresa me fijé que
también ella llevaba un pañuelo rojo con motivos medievales…¿cómo no me
había dado cuenta antes? Una cruz de San Andrés, cruces latinas de
distintos tamaños cubrían su cabeza. Esto era una señal, ¡seguro!
Me encontraba distraído con el pañuelo cuando escuché:
—Ahora quiero que estés muuuuuy quietecito. Abre bien el ojo— y
dirigiéndose a alguien en el quirófano añadió— Marta trae empapadores.
La enfermera de antes ha vuelto. Había olvidado el termómetro
sobre la cama. Evita en todo momento mirarme. De hecho estoy escribiendo
esto mientras ella comprueba algo en la bomba de infusión. Sale dejándose de
nuevo la maldita puerta abierta. De no hallarme atado a esta cama iba y
la cerraba ¡Collons!
Todos los músculos de mi cuerpo se contrajeron. Me convertí en la
cuerda de un arco antes de disparar una flecha de tenso que estaba.
« Obediencia ciega, quieto y con el ojo muy abierto»
De repente, unas gotas de algo helado cayeron sobre él y di un respingo.
—¡Tranquilo, tranquilo… es sólo anestesia!
Pero yo no estaba tranquilo.
—Lo siento doctora, pero a mí, eso de pinchar ojos… ¿no podríais dormirme completamente? — Siempre he creído que dormido nadie me podía hacer daño. ¿Era necesario estar despierto en este momento? — Si anestesiado no me queréis, al menos me podríais dar una botella de ron y un palo para morder…
—¡Exagerado!— exclamó la voz de la ayudante de quirófano que para mi desesperación parecía divertirse.
—¡Pues sabed que no hablaré!
« ¿y esto a qué viene?»— pensé
—« ¡No confesaré inquisidores! — aullé.
¿Qué pretendía hacer? ¿Broma?
Para broma la de la enfermera que acaba de volver a entraren la
habitación. Parece que también había olvidado de tomarme la tensión. Lo
ha hecho y a pesar de sus esfuerzos por ignorarme, esta vez, no ha
podido escapar a mi mirada. ¡Mírame! ¡Mírame! ¡Míra a éste monstruo! le decía con la mente… y la he atrapado mientras manipulaba mi antebrazo; como
si de mi ojo bueno saliera de repente una tela de araña. Me he quedado
mirándola fijamente. Ella ha bajado rápidamente los ojos y la he notado
temblar como un frágil insecto. Pequeña mariposa. Mientras el motor del
tensiómetro apretaba mi antebrazo ha vuelto a levantar la mirada,
¿asustada? No sé, juraría que había un atisbo de asco en sus pupilas. Al
acabar ha salido presurosa por la puerta, rápido y sin pronunciar
palabra. Esta vez, cerrándola de un portazo.
¿Por dónde iba? Sí, recuerdos de la Inquisición… a la mente me
vinieron imágenes de cómo deberían de sentirse momentos antes, aquellos a
quienes el Santo Oficio iba a torturar. El miedo al dolor seguramente
les picaba por todo el cuerpo y en especial la lengua, los labios y de
aquellas condenadas bocas podía salir entonces cualquier cosa… incluso
confesiones.
— ¡Ron y un palo, exageraaadooo! — exclamó con tono de burla Marta, la ayudante de quirófano.
En ese momento mi estómago se estaba devorando a sí mismo y no
recuerdo notar mi cuerpo, ni tan siquiera podía sentir mis pies. Pero
aún me tenían reservada una sorpresa:
Escuché rasgar un precinto muy cerca de mi oído y alguien puso sobre
mi rostro una especie de trapo. El lado en contacto con mi cara tenía
algún tipo de cola gracias a la cual, la doctora, con una leve presión, dejó fijado sobre
mi rostro. Según intuí (pues en este momento me había quedado ciego
completamente), había un agujero para el ojo que iba a recibir
atenciones, pero como con éste no veía nada, me encontraba en la más
completa oscuridad. Invadido por el pánico, la claustrfóbia, la
angustia, la desesperación, la asfixia; las ganas de gritar.
Grité:
—¡Parad! ¡Esto no puede salir bien!
La doctora, —sin hacer caso a mis palabras— comentó en voz alta algo
sobre que “aquello que sobresalía de mi ojo” ensuciaba el campo estéril.
Yo estaba a oscuras. Angustiado bajo el plástico aquél, que a duras penas dejaba entrar un poco de aire por debajo del mentón.
« ¡Me han enterrado vivo!… ¿qué van a hacerme? »
Por mi mente desfilaban una a una ideas funestas, una rueda que
giraba vertiginosa. Accidentes mentales girando en círculos, una vuelta y
otra, y otra, a la velocidad de los coches en un circuito de carreras.
—¿Estás bien, Janek?
—Grumbgl griugu… — balbuceé.
—Tranquilo Janek… ¿Bléfaro? — la orden salió firme a pocos centímetros de mi cabeza.
—¿Bléfaro? ¿Qué es eso?— aullé de nuevo aterrado.
—Tranquilo, Janek,… debes estar tranquilo.
Y, ¡Oh Dios! Nunca olvidaré el bléfaro.
Ahora sé que se trata de un utensilio que se usa para mantener
los párpados abiertos. Mirando por Internet he leído que al protagonista
de la película de Stanley Kubrik “La Naranja Mecánica”, un tal Malcom
McDowel sufrió daños en la córnea después de rodar las escenas en las
que le mantenían los ojos abiertos delante de una pantalla de cine con
uno de esos bléfaros.
El infernal instrumento resbaló por detrás de mis párpados. Lo noté
abrazando mi globo ocular dejando un rastro de dolor intenso a su paso
hasta tocar mis ideas más inconfesables.
— Esto duele…
—Tranquilo Janek…
—Sí, pero duele.
Y, como había predicho, alguna cosa debió salir mal en aquél
quirófano. Algo relacionado con que mi cuerpo no sabe estarse
suficientemente tranquilo y luchó contra el instrumento invasor.
Para la próxima operación — el próximo martes— debo aprender a
hacerme el muerto. Quedarme quieto como una zarigüeya para cuando llegue el
bléfaro.
Esta vez, pero, mi cuerpo no supo hacerlo y involuntariamente unos
músculos que no sabía ni que tenia se unieron y lucharon tan
furiosamente que fueron a doblar el instrumento invasor inutilizándolo.
—Ha doblado el bléfaro, Marta, Hay que sacarlo ¡Aguántale la cabeza! — dijo con voz nerviosa la doctora.
—Tranquilo Janek , tranquilo, tranquilo— repetía—debes de estar tranquilo.
Marta, e incluso el otro médico del pañuelo con motivos medievales,
que hasta ahora había permanecido en silencio, me pedían que estuviese
relajado.
— ¿Doctor Mertes?— exclamé al oír la conocida voz del doctor— ¡Collons!
Como me alegro de escucharle. Creédme cuando os digo que lo siento
mucho. Intento estar relajado, pero ya veis… no puedo. Reí nervioso.
El doctor no respondió, lo hizo la doctora Elena:
—Sí que puedes. ¡Tranquilo Janek, tranquilo!
Con el instrumento retorcido en la cuenca del ojo consideraron que no
podían operar, así que empezaron las maniobras para extraer el bléfaro
inservible.
Supongo que el cuerpo humano lo aguanta todo y doy fe de que así
es. Si lo pienso, seguramente debo estar acostumbrado a las torturas más
ásperas. Mis hermanastros David y Oscar se encargaron cuando era
pequeño de ponerme a prueba. Esto fue cuando aún vivía en la casa de Les
Corts, en Barcelona… pero no me apetece escribir nada de ellos ahora.
El caso es que las miserias que me hicieron pasar de pequeño no tienen
nada que ver con lo que se puede llegar a vivir en un quirófano… o
quizás es que mi memoria es muy olvidadiza.
—¡Aguanta bien la cabeza, Marta!
Y empezaron las sacudidas, los tirones. Un dolor intenso y sostenido
como un do de pecho invadió mis pensamientos. Por un momento creí que
con el bléfaro me arrancarían el ojo, (o lo que sea que tengo en la
cuenca). Mis músculos luchaban feroces y no parecían dispuestos a
rendir plaza. Para mantener mi cabeza pegada a la mesa de operaciones
Marta apoyaba todo el peso de su cuerpo sobre ella. Lo notaba sobre mi
cara. Sus manos empujaban hacia abajo con fuerza. Sentí que tenía el
rostro deformado y me dolía terriblemente la oreja. Pero no decía nada. Mudo de terror. Como una estatua. Estaba tan horrorizado que mis labios eran de piedra y el grito se había quedado congelado en mi garganta. Sacudidas golpes, tirones… Y
finalmente, de repente, el bléfaro se retiró del sitio en donde se había
quedado encajado dejando tras de sí una viscosa y húmeda sensación.
Son casi las ocho de la tarde, Se supone que deberían traer la
maldita cena y agua pues estoy en ayunas desde anoche. La sed que tengo
es insoportable. No me han permitido beber más que un sorbo en la
“unidad de reanimación”…Escribir en ésta libreta me
mantiene entretenido pero si tardan mucho acabaré por beberme los
goteros.
Más gotas de anestesia. Muchas más. Un chorro. Note como bajo mi
cabeza se formaba un charco líquido. En ese momento no presté mucha atención a ese detalle, Estaba
sorprendido de la fuerza que tienen los músculos tan pequeños y
desconocidos de mi ojo.
«¡Gran espectáculo! El tipo que dobla acero con el párpado. Pasen y vean.» — los pensamientos siguen con su cháchara absurda.
¿Cuánto rato llevaba ya allí? En quirófano no hay tiempo.
—Volvemos a empezar, Janek.
—Ayayay, duele mucho el “pinchacitó” que me queréis hacer—
la palabra salió de mis labios, y no sé porqué lo hizo en acento
francés. Sudaba todo el sudor del mundo debajo del campo estéril. Estaba
ciego y me faltaba el aire. Moví el brazo para levantar un poco aquél
plástico y poder respirar aire fresco.
—¡Quietecito! ¡Quietecito Janek! No te puedes mover!— me dijo nerviosa la doctora.
—Solo quiero respirar un poco de aire…
—¡No puedes, ya acabamos!
« asfixiàndome… así acabaremos»
— ¡Anestesia! ¡Bléfaro! — exigió. Su voz denotaba ganas de acabar con aquello de una vez.
Siempre he tenido curiosidad por saber en qué momento el cuerpo
humano se desmaya. Ese momento sin embargo a mí no me llegaba nunca.
Noté una nueva vibración sobre el ojo y de nuevo la desagradable
sensación de algo chorreando por la nuca. Era un líquido pero no sabría
decir si estaba frío o caliente. La anestesia parecía estar por fin surtiendo efecto.
Me pareció que esta vez se decantaban por otro tipo de bléfaro. Uno,
al parecer menos metálico. Como si tuviese las puntas engomadas y
resbalase cómodamente. Claro que eso eran apreciaciones subjetivas, aún
nunca había visto ninguno. Me formaba una imagen de él por lo que
notaba: una especie de garra con tres dedos finos como un alambre. Un
pulgar, que se introducía por el párpado inferior, y dos dedos que lo
hacían por el superior.
— Muy bien Janek, tranquilo. Ahora un poco más de anestesia y todo saldrá bien…¿Amosteta?—insistió la doctora
Noté algo que me tocaba la esclerótica y me puse de nuevo tenso como la cuerda de un violín.
— Tranquilo… solo marco el punto en el que vamos a pinchar— su voz
sonaba concentrada. Decidida a acabar con aquello de una vez. Seguro que
tenía la lengua fuera… la doctora Elena suele sacar la lengua cuando se
concentra.
En ese momento decidí ir a dar una vuelta. Tal cual. Mi cabeza dijo: Paso de todo… voy a ver que hay por ahí.
En el quirófano dos hay un aparato que mide las pulsaciones a través
de una pinza que me pellizcaba el índice. El ruido del corazón se
traducía en pequeños pitidos agudos: Pip! Pip! Pip!…
.« Cuando te quedas frito en la mesa de operaciones solo se oye
uno, muy largo. Piiiiii. "Game Over" La idea, en aquél lugar, es intentar
conseguir no escuchar ese sonido para que la partida pueda continuar».
Estos pensamientos me parecieron una distracción aceptable.
—Bien Janek, Ahora notarás un pinchacito…
«¡Joder! No hay manera de escapar»— pensé desesperado.
Los pitidos de la máquina se aceleraron
PipPipPipPip
— Voy a estornudar!—dije, de repente.
—¡Por el amor de Dios Janek espera! — exclamó la doctora.
Por el calor del aliento debia de estar a dos palmos de mi rostro. Sentí que retiraban los aparatos cercanos y había movimientos nerviosos por la sala.
Por el calor del aliento debia de estar a dos palmos de mi rostro. Sentí que retiraban los aparatos cercanos y había movimientos nerviosos por la sala.
«Me he pasado»
—¿Nunca os ha estornudado nadie mientras le pinchábais el ojo?— pregunté.
—Más vale que no.
—Entonces no estornudo…
El alivio de la doctora se hizo palpable y sentí remordimientos por
lo inoportuno de mi comentario. ¿¡Que esperaban? ¡Haberme dormido del
todo!… Bueno al menos me había distraído un poco.
—Bien, vamos a sacar una muestra de eso para enviarla a analizar.
—1… 0.2… 0.3… un poco más… ¿cuánto llevamos, Marta?
—6
—¡Más! ¡Hay que dejar este ojo limpio!
Pitidos mecánicos, zumbidos y un rato de silencio…
—Es suficiente—dijo la doctora— Bien Janek, te hemos extraído mucho pus y algo de humor vítreo….
Se me revolvieron las tripas. Un poco. ¡Maldita anestesia local que te permite enterarte de todo!
—Lo vamos a enviar a los laboratorios de Madrid a ver que nos sale… ¡Por fuerza debe de ser una infección vírica!
Entonces dijo algo a la ayudante de quirófanos que o logré entender.
—Ahora, Janek. Notarás otro pinchacito. Te pondremos el Ganciclovir…
el antiviral… Por precaución y porqué el tiempo apremia. Mientras llegan
los resultados de Madrid. Nos la jugamos a “Virus”. Eso que tienes en el ojo ha de ser un virus ¿Estás bien?
—He estado mejor…
—Vale— continuó la doctora sin hacer caso a mis apreciaciones— ¿Anestesia? …. Ahora estate muuuuuy quietecito…
—¿Hay otra opción?
Creo que el tiempo se había parado, o yo estaba en otra dimensión.
Solo esperaba que acabase aquello que fuese lo que iban a hacerme.
En situaciones difíciles, puede que después de sudar mucho, llega el
momento en el cual te dispones a hacer lo que sea, incluso estarte muy quietecito.
Y ese momento había llegado al fin. Me podrían haber hecho mil cosas
más. Yo era un vegetal con capacidad para observarse a sí mismo. Era
como una lechuga empapada en sudor. La lechuga de una macabra ensalada
preparada para lo que fuese expuesta en una sala verde.
—¡Ya está! — escuché al fin— ¿Ves la luz del foco?
—Sí, muy turbia pero veo una luz… ¿voy hacia ella?
—No creo que haga falta… — dijo el doctor Mertes. Sin duda esta broma la debía escuchar miles de veces en aquella mesa.
—Bien, ahora sacaremos el bléfaro. ¿Preparado?
“¡Cuic!”… Una leve sacudida y como si sacaran algo de goma del ojo el
instrumento salió sin dificultad de mi cuenca arrastrando de nuevo tras de sí algo viscoso.
Parece que había sido fácil esta vez. Seguidamente despegaron el campo
estéril y emergí sudado, empapado, como quien despierta de una
pesadilla.
« ¡Ya han acabado! ¡Ya han acabado!»
Iba a levantarme.
—¿Dónde vaaas?¡ Tranquilo! — me dijo amablemente la doctora Elena
mientras volvía a teclear en su ordenador. Espera un poco que te vas a
marear.
Yo miré al doctor Mertés y vi que tenía sus ojos azules clavados en mí. No era una mirada clínica. Había algo más. Un interrogante en sus pupilas ¿Me estaría también leyendo la mente? ¿Adivinó en aquél momento de mi seguridad en que nos conocíamos? Aún no lo sé.
Yo miré al doctor Mertés y vi que tenía sus ojos azules clavados en mí. No era una mirada clínica. Había algo más. Un interrogante en sus pupilas ¿Me estaría también leyendo la mente? ¿Adivinó en aquél momento de mi seguridad en que nos conocíamos? Aún no lo sé.
—Estoy bien — dije inseguro.
Y apartando la mirada proseguí:
— Tengo hambre, tengo sed y ha sido muy,… ¿instructivo?… nos vemos pues… ¿el martes?
Y apartando la mirada proseguí:
— Tengo hambre, tengo sed y ha sido muy,… ¿instructivo?… nos vemos pues… ¿el martes?
Hablaba atropelladamente. La doctora no respondió a mis comentarios y
no sé si para darme ánimos me habló sobre lo valiente que había sido.
—Martes otro pinchacito, ¿Juan? — dijo dirigiéndose al doctor Mertes—
envía las muestras al laboratorio. Te hemos vendado el ojo. Esperemos
que no supure esta noche. Nos vemos mañana en consulta.
Yo pensé y aún lo pienso que me habían quitado el ojo.
Yo pensé y aún lo pienso que me habían quitado el ojo.
El celador, el camarlengo de los quirófanos y a quien no había
escuchado entrar, me esperaba con la cama aparcada al pie de la mesa de
operaciones. Me ayudó a pasar de un lugar a otro. Recuerdo el tintineo de los
goteros de suero. Palabras que trataban de apaciguarme y que sonaban
como ecos. No tenía frío. El celador sostenía eficiente los goteros mientras yo me acomodaba en la cama.
—Pues hasta el martes, Elena, Juan… —El verbo salía solo de mi boca.
Sin control. Perdidas las formas tuteaba a los doctores con confianza, como si nos conociéramos de toda la vida…
(Esta sensación la he tenido siempre, por eso la escribo con otra
letra, pero en aquél momento era más intensa que nunca) —… hasta luego
doctores… Marta. … adiós a todos… gracias y lo siento si os he dado mucho
trabajo, ya aprenderé. Para la próxima prometo estarme muy quietecito…
haré prácticas en mi habitación. En ella domino el tiempo. ¡Inmovilidad aaaaabsoluta! — deseaba
abandonar aquél lugar. Era como si el hecho de no dejar hablar fuese a
protegerme, como si acelerase mi salida de allí.
Y así, mientras parloteaba iba sintiendo la sangre que volvía a mis piernas, a mis brazos y recuperaba el espíritu. Mientras, el celador me sacaba de la sala verde.
Y así, mientras parloteaba iba sintiendo la sangre que volvía a mis piernas, a mis brazos y recuperaba el espíritu. Mientras, el celador me sacaba de la sala verde.
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